Duelo al sol en Pecos Hill (V)

V

Rosita era una moza de unos deiciséis años, un metro sesenta y apariencia tipo mexicana. Como cada vez que iba a visitar a un cliente nuevo, se paró delante de la puerta antes de golpearla con sus delicados nudillos. Había visto ya a varias de sus amigas no regresar de sus trabajos, y sabía que en cualquier momento le podía pasar lo mismo a ella.

TOC TOC TOC

“Entra”, se escuchó en tono abrupto desde el interior de la habitación.

Rosita dio un fuerte suspiro, se encomendó al dios que las monjas le enseñaron a los cinco años y abrió la puerta. Ante ella, en el centro de la habitación se encontró un gran barreño y al hombre que estaba dentro dándole la espalda.

“Venga, niña, no te quedes ahí, ponte delante de mí, que te vea.”

Rosita dió unos pasos y se colocó delante del hombre.

“Vista de cerca no estás mal. Quiero que sepas que no quiero quejas ni lloros. No quiero negaciones ni dudas. Mi intención es sólo de disfrutar de ti y no hacerte ningún daño. Si te portas bien, te mandaré llamar de nuevo. ¿Qué dices?”

El hombre que estaba bañándose delante de Rosita era moreno de cabello, de unos treinta años, alto porque sus pies sobresalían del barreño y con un acento foráneo. Su piel estaba tostada por el sol, pero no al estilo de los compatriotas de Rosita.

“Bien, señor.”

“Venga, sácate la ropa y frótame la espalda.”

Rosita se descordó el vestido azul de una pieza que llevaba puesto y éste cayó a sus pies. Debajo de él no llevaba nada, y su piel se mostró por entero ante los ojos del cliente, que la miraró como quien mira a la luna brillante en el cielo.

John Smith se movió en la cama y se percató de que Rosita todavía seguía junto a él. Aunque aquélla había sido su primera noche juntos, esperaba que ella comprendiera que sólo había sido una mera transacción: ella le dio carne, él le pagó. Punto. Entreabrió sus ojos y notó como el sol le daba directamente desde la ventana que había enfrente, y recordó que la había cerrado por la noche. Giró su cabeza, y aún deslumbrado, comprobó que en la silla, junto a su cama, había una figura quieta. Rápidamente se levantó y buscó su revolver.

“¿Buscas esto, John “Gatillo Rápido” Smith de Kentucky?”

John Smith, ya incorporado, reconoció al hombre del traje beige. Era Derek Houston, que había visto un momento en el banco.

“¿A qué tengo el honor de la visita del hombre más importante del pueblo?”

“Vaya, las noticias vuelan.”

“Sí.”

“Supongo que es normal. Cierto, soy el hombre más destacado de este pueblo de mala muerte. Y normalmente no me molesto en visitar a desconocidos, y menos en su lecho compartido con bellas damas. Pero contigo he decidido hacer una excepción.”

“Qué suerte que tengo.”

En ese momento, Rosita se despertó y exclamó:

“¡Señor Houston!”

“Tranquila, Rosita”, le respondió Derek Houston, “es un asunto de negocios, así que, si haces el favor…”

Derek Houston le indicó la puerta. Rosita sacó su cuerpo desnudo de las sábanas y se vistió con su vestido azul. Abrió la puerta, y en ella se encontró con Charly y Tom, que estaban actuando como protectores de Derek Houston. Pasó ante ellos, sin apenas mirarlos y se fue.

John Smith se dirigió al hombre de beige.

“Creo que esos dos no le protegerían mucho ante mí.”

“Cierto, la noticia de tus habilidades han llegado incluso hasta aquí.”

“¿Y? En Texas no se me busca.”

“No es por eso, al contrario. Tengo interés en tus habilidades.”

“¿Los negocios no van bien?”

“Al contrario, están en expansión.”

“Creo que es mejor que hablemos con la barriga llena.”

“Oh, descuidado de mí… Charly…”

“¿Sí, señor Houston?”

“Manda a Frank que disponga el desayuno para el señor Smith en su mejor mesa.”

“Ahora mismo, señor Houston.”

John Smith se colocó su chaleco, sus pantalones, su cartuchera, sus botas y se levantó de un salto. Derek Houston también se levantó de la silla y ambos salieron por la puerta.

“¿Qué tal Rosita esta noche?”, le preguntó.

“No ha estado mal.”

“¿Que no ha estado mal? Ja,ja,ja… creo que nos vamos a llevar bien.”

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