Duelo al sol en Pecos Hill (II)

II

Pecos Hill era un típico pueblo fronterizo partido por Río Grande. En el lado de México se le conocía como Colina Pecos. Un lugar donde la codicia era ley. Un lugar perfecto en el que un desalmado se podía sentir como en casa, si es que alguna vez tuvo. El lugar idóneo para John Smith.

En el momento de hacer su entrada por el costado noroeste del pueblo, unos alborotadores disparaban al aire para que un caballo arastrara a un pobre diablo, ya moribundo, por el duro suelo. John Smith se paró y les preguntó:

“Muchachos, ¿qué ha hecho el pobre diablo?”

Uno de los muchachos escupió su tabaco mascado y le respondió con cara de pocos amigos:

“Se atrevió a jugar al póker con nosotros y perdió. ¿Algo que decir?”

“Sí.”

“¿Qué?”

“Que si no estuviera rendido por el viaje, me uniría a vosotros en la diversión.”

Y John Smith prosiguió su camino dándoles la espalda, mientras el alborotador preguntado no le quitaba el ojo. A éste se le acercó otro y le increpó:

“¿Qué quería éste?”

“Nada, amigo. Pero me parece que tendremos que andar con ojo con él.”

Ambos se miraron, y sin añadir ninguna palabra más, se volvieron a unir al grupo del linchamiento.

Montado en su caballo, John Smith se adentró unos centenares de metros de la calle principal hasta alcanzar el lugar en el que se encontraba el local de acuñación. Descabalgó, colocó a sus caballos junto a un abrevadero y entró en el local.

El local era pequeño, lo suficiente para que un par de hombres estuvieran delante de una tarima detrás de la cual se sentaba el regente. Éste era bajito, llevaba unas gafas redondas y su cabeza carecía de la mayoría del pelo. Se podría decir que estaba en los finales de su cuarentena. Un hombre con experiencia, para un pueblo como aquél con una alta tasa de mortandad.

Al entrar John Smith y no haber más clientes esperando, le preguntó directamente:

“¿Qué se le ofrece?”

“Esto.”

John Smith se sacó de su chaleco la bolsa con el oro en polvo y la lanzó hacia el pequeño hombre. Éste miró a John Smith y abrió la bolsa. Con la mirada atenta de John Smith sobre el oro, lo depositó en el cuenco dispuesto sobre una balanza dispuesta para pesar. Colocando las piezas de metal que se usaban como medida le indicó:

“Una onza y tres cuartos.”

“¿A cuánto va la comisión hoy?”

“Al cinco por ciento.”

“¡Al cinco por ciento! No me gustan las bromas.”

“Caballero, no es ninguna broma. Mire enfrente de mi local.”

John Smith asomó su cabeza hacia fuera y miró. Luego redirigiéndose al mostrador:

“Hay un banco, ¿y?”

Pues que su propietario, Derek Houston, mediante malas artes consiguió permiso del gobernador para imprimir todos los billetes que quisiera. Dice que tiene el oro que los respalda bien protegido en el sótano, pero lo dudo mucho.

“¿Y de qué cifra estamos hablando?”, preguntó John Smith.

“Supongo que un mínimo de entre 100.000 y 300.000 dólares.”

“¿En oro, dice?”

“En oro, dice.”

“Muy interesante…”

“Sí, bueno, ¿me podría facilitar su nombre para rellenar el contrato?”

“John Smith.”

“¿John Smith? Me parece que es el quinto John Smith que nos visita este mes.”

“Somos una gran familia.”

“Claro. Por favor, firme aquí.”

John Smith dibujó una gran X con la pluma mojada en tinta negra.

“¿Y para cuándo estarán mis monedas acuñadas?”

“Pásese mañana a partir de las 10 de la mañana”, le respondió el acuñador.

“Muy bien. Mañana a las 10 de la mañana.”

John Smith salió por la puerta del local, y se paró observando detenidamente el banco durante unos instantes. Mientras preparaba sus caballos para cabalgar de nuevo, se dijo para sus adentros:

“Creo que este pueblo tiene algo por lo que vale la pena pasar un tiempo en él.”

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