Duelo al sol en Pecos Hill (VII)

VII

John Smith entró en el local del encuñador. Éste, Clarence Simons, parecía estar esperándole.

“Ah, señor Smith. Ya están sus monedas acuñadas.”

Clarence Simons era bajito, llevaba unas gafas redondas y su cabeza carecía de la mayoría del pelo. Se podría decir que estaba en los finales de su cuarentena. Un hombre con experiencia, para un pueblo como aquél, con una alta tasa de mortandad, y que había llegado a Pecos Hills ya hacía una veintena de años. Durante ese tiempo pasó todo tipo de gente, todos con más o menos fortuna, pero en contra de las apariencias, gracias a su negocio, este natural del este fue forjando su negocio y su supervivencia. Sin embargo, en los últimos tiempos, ya no lo veía tan claro. Los vientos ya no eran tan propicios.

“Aquí tiene, señor Smith, su onza y tres cuartos en monedas de oro de curso legal menos el 5% de la comisión pactada.”

Clarence Simons le pasó una bolsita y John Smith la abrió para comprobar su interior. Mientras, el acuñador abrió la conversación:

“Desde que la Cuarta Ley de Acuñación de 1873 fue promulgada, el oro es el estándard de facto de los EE.UU. y la mejor forma de asegurarse que se tiene dinero legal en cualquier parte de la Unión. Cierto que ha debilitado el valor de la plata como moneda, pero al menos, además, ha mantenido la libertad de cualquier ciudadano de poder mandar acuñar sus propias monedas de oro. Sin embargo, nuestra libertad está amenazada por la gente como Derek Houston y demás estafadores, que desde los bancos de Nueva York, están intentando crear un banco central al estilo europeo. Ya le digo, si por cualquier desgracia logran salirse con la suya, será el fin del mundo, el fin del mundo… No olvidemos nunca las palabras del presidente Lincoln: ‘ Las corporaciones han sido entronizadas, una era de corrupción le seguirá, y el poder del dinero del país se esforzará por prolongar su reinado trabajando sobre los prejuicios de la gente, hasta que la riqueza se agregue en pocas manos, y destruya la república.’”

“¿Y para qué me canta el discurso?”, le preguntó John Smith algo molesto.

“Pues, señor Smith, un pajarito me ha dicho que ha aceptado una propuesta de empleo de Derek Houston.”

“Veo que este pueblo tiene oídos en las paredes.”

“Por favor, no lo haga, váyase del pueblo ahora que puede.”

“No sé qué tienen que ver mis asuntos con los suyos, pero para su información, todavía no lo he aceptado.”

“¡Válgame Dios!”, exclamó Clarence Simons con alivio.

En ese preciso instante se escucharon gritos desde el otro lado de la calle, justo donde se situaba el Banco de Pecos Hill. Una voz ronca y descuidada gritaba:

“¡No pueden hacernos esto! ¡Mi familia se morirá de hambre! ¡Ladrones!”

John Smith y Clarence Simons salieron a la calle para contemplar la escena. Allí, al otro lado, en la entrada del banco, se encontraba un hombre algo mayor, con apariencia de granjero, sostenido por los brazos por dos tipos jóvenes y fornidos. Delante de él había otro tipo que John Smith reconoció como Charly. Charly comenzó a golpear sin descanso al granjero hasta que perdió el sentido. Con un ademán de su cabeza, Charly mandó a los otros dos agresores que soltaran al hombre. éste cayó al suelo como un saco de patatas dejando a su alrededor un charco de sangre. John Smith pudo percatarse que desde una de las ventanas se encontraba Derek Houston fumando uno de sus habanos, y observando la escena.

“Es Jeremiah Johnson, un pobre granjero que hipotecó su granja hace un tiempo en el banco del desalmado de Derek Houston. Ayer se enteró de que el banco le había embargado todas sus propiedades por impago y he ahí el resultado.”, le comentó el acuñador.

Los tres hombres ejecutores de la violencia volvieron a entrar en el banco, y una mujer y dos muchachos mayores se acercaron a ayudar al granjero. Éste todavía respiraba, pero a duras penas. Lo subieron a un carro cercano y se lo llevaron.

“Ve lo qué le digo, señor Smith, hay que impedir que esa calaña de gente se salga con la suya.”

John Smith se metió la bolsita en el bolsilo interior de su chaqueta y se volvió para el acuñador.

“¿Y qué pretende hacer usted para impedirlo?”

“Ya somos muchos en el pueblo que estamos rompiendo con nuestros temores y nos estamos reuniendo en secreto para planear cómo echar a Derek Houston y sus secuaces.”

“¿Con cuántos pistoleros cuentan?”

“Pues la verdad… ninguno.”

“¿Y el sheriff, qué dice?”

“Ese bribón está en la nómina de Derek Houston.”

“Pues no veo cómo lo van a conseguir…”

“El mismo pajarito que me contó sobre lo que usted y Derek Houston hablaron, también me contó que usted es un gran pistolero.”

“Eso dicen. ¿Y?”

“Pues que si contáramos con su ayuda…”

“¿De cuánto dinero disponen para pagarme?”

“Pues… tampoco mucho.”

“¿Y mujeres?”

“¡Por supuesto que no!”

“Me temo que su oferta no le llega ni a la suela de los zapatos a la de Derek Houston.”

“Piense en la justicia.”

“Pienso en mi estómago y en mis necesidades.”

“El gran bien que hará ayudando a una buena causa.”

“Una buena causa no llena mis bolsillos.”

“Señor Smith, apelo a su amor a la libertad como ciudadano de este país, ayúdenos a deshacernos de esos malandrines.”

“La libertad…”

Clarence Simons pensó que había conseguido tocar el punto del pistolero.

“¿Qué dice señor Smith, ¿nos ayudará?”

“Digo que ya tengo una cosa clara.”

“¿Cuál?”, preguntó el acuñador animado.

“Que voy a aceptar la oferta de Derek Houston.”

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