Duelo al sol en Pecos Hill (III)

III

Tras vender el caballo de Pancho Pérez por un puñado de dólares de plata, John Smith se dirigió a un establo de caballos para tener un lugar donde refugiar el suyo, que aunque nunca lo confesaría, le tenía cierto aprecio. Encontró uno cualquiera con un muchacho jovencísimo como cuidador. Justo lo que buscaba.

“Hey, chico, ¿a cuánto va el cuidado completo aquí?”

“A diez centavos el día, señor.”

John Smith le lanzó un dólar de plata, que el mozo alcanzó al vuelo.

“Pero quiero lo mejor que tengas para mi caballo, así que aquí tienes medio dólar más para que le des el toque preferencial, chaval.”

John Smith le volvió a lanzar otra moneda a la vez que le guiñó el ojo, y el mozo sonrió de oreja a oreja al alcanzarla con su mano.

“¡Sí, señor, por supuesto, señor, lo mejor para su caballo, señor!”

“Así me gusta. Por cierto…”

“¿Sí señor?”

“¿Donde puede un viajero depositar sus huesos en este polvoriento pueblo?”

“En el Saloon-Hotel de Frank Joseph, justo en el centro de Main Street.”

“Vale. Nos vemos.”

John Smith se dirigió al Saloon-Hotel que había en el centro de la calle principal, o como dicen por allí, Main Street. Lo de “hotel” más que nada significaba que alquilaban habitaciones. No iban a ganar ningún premio de limpieza, ni de estilo decorativo. Simplemente era un lugar donde guarecerse del sol y pasar la noche. Pero era exactamente lo que John Smith necesitaba tras su decisión de permanecer en Pecos Hill.

Al acercase a la entrada, John Smith pudo escuchar el murmullo de las conversaciones solapadas una encima de otra, y oler el tufo del tabaco barato y el alcohol todavía más barato. Al entrar, se dirigió directamente a la barra.

“¿Qué desea?”, le inquirió precisamente el proietario del local, Frank Joseph.

“Un vaso de whiskey y una habitación.”

El hombre de la barra, de estatura media, pelo corto oscuro con entradas, varios kilos de más y sudoroso por el ambiente, abrió una botella con un líquido amarillento, colocó un vaso delante de John Smith y depositó un chorro en su interior.

“¿Se va a quedar por un tiempo?”

John Smith cogió el vaso de cristal con la mano izquierda, y de un trago, sin pausa, se lo bebió.

“Sí, por un tiempo.”

“¿Placer o negocios?”

“Ambos.”

“Serán 5 dólares por semana, y por adelantado cada semana entrante.”

“Éste es un pueblo caro.”

“Somos el único hotel del pueblo.”

“¿Incluye la carne?”

“La carne va a parte. Allí está Rosita, ¿le va bien?”

John Smith echó una ojeada al lugar que el propietario le indicó.

“Parece jovencita.”

“Pero con mucha experiencia.”

“Servirá. Me daré primero un baño y que suba en una hora. ¿Cuánto le debo?”

“Incluído el servicio extra, siete con veinticinco.”

John Smith puso dicha cantidad en monedas de plata en la barra.

“Lo siento señor, pero aquí sólo cobramos en billetes.”

“¿Billetes?”

“Billetes del Banco de Pecos Hill. Puede cambiar su plata allí y pagar más tarde.”

“El chico de la caballeriza aceptó mi plata antes, y el de compra-venta de caballos me pagó también en plata.”

“A los forasteros de paso no les molestamos con nuestras reglas, pero si se va a quedar por un tiempo tendrá que aceptarlas.”

“¿No tiene miedo de que no le pague?”

“Nadie ha dejado de pagar nunca en Pecos Hill por la cuenta que les trae.”

Detrás de John Smith tres hombres se levantaron de sus respectivas sillas, tocando cada uno en sus revólveres. John Smith no necesitó girarse para notar su presencia.

“Muy bien. Saldré primero a cambiar mi plata.”

“Sabia decisión.”, le respondió el propietario.

John Smith atravesó la distancia que separaba la barra de la salida, directamente, con paso firme y atento de reojo a cualquier movimiento.

Entre los tres hombres que lo miraron fíjamente se encontraban los dos del linchamiento anterior.

“Charly, ¿no es ése el tipo que no te cayó bien antes?”

“Sí, Tom, ése es. Me suena en la nariz que no es trigo limpio.”

“Habrá que estar atentos, Charly.”

“Sí, Tom. Mejor vayamos a avisar al señor Houston.”

Los tres se acercaron a Frank Joseph, intercambiaron unas palabras, salieron seguidamente por una puerta trasera y abandonaron también el Saloon.

Mientras, John Smith entraba ya en el banco para realizar su transacción.

Duelo al sol en Pecos Hill (I)

I

La figura de John Smith cabalgando en su caballo era la única sombra que había en esa tierra de fuego. Ambos, su caballo y él, llevaban muchas millas sin notar el néctar del agua fresca. Sin embargo, su mirada seguía fija en el horizonte. Cualquiera diría que esperaba que aparecieran allí los fantasmas de su pasado. Y en aquel preciso instante quizás lo hicieron.

John Smith arrancó, más que sacó, su rifle de la carcasa, lo colocó en su hombro y no mostró ni una mueca, ni un movimiento delatador cuando su dedo apretó el gatillo. El estruendo pareció asustar a los buitres que hacían círculos sobre él a la espera de un apetitoso bocado.

Cuando el ruído del disparo se difuminó, esos buitres se lanzaron a toda prisa hacia delante. “Comed, malditos, comed”, murmuró John Smith. Pinchó con las espuelas a su corcel y el cansado animal comezó a galopar, sin poder saberse de dónde sacaba sus fuerzas.

Al llegar al punto en el que los buitres ya comenzaban su banquete, John Smith volvió a disparar, pero esta vez con su Colt 45 especial. Los buitres se retiraron de mala gana y John Smith descabalgó. Se acercó al cadáver, en cuya nuca se le apreciaba el destino de su disparo certero, y se agachó para rebuscarle en sus bolsillos con precipitación.

Si alguien hubiera estado allí, podría haberle escuchado musitar:

“Si te creías, maldito Pancho Pérez, que te ibas a largar de rositas con mi oro, ya has visto que ha sido tu perdición.”

Y de un doble fondo del sucio chaleco del cadáver apareció un saquito que John Smith abrió descordándolo. Su polvoroso rostro hizo el amago de una sonrisa.

“Aquí está mi querido polvo amarillo. Ahora vayamos a Pecos Hill a disfrutarlo.”

Se montó en su caballo, no sin antes asegurarse de que las riendas del caballo de Pancho Pérez estaban bien atadas a su silla. De este caballo también sacaría unos cuantos dólares de plata.