Duelo al sol en Pecos Hill (VI)

VI

La mesa estaba repleta de todos los manjares que en Pecos Hill consideraban un desayuno de lujo: huevos fritos, frijoles, tostadas con mantequilla y un líquido negrecino que llamaban café. Los dos hombres se sentaron uno enfrente del otro. John Smith comenzó la conversación:

“¿Y bien? ¿Cómo han llegado las noticias de mi identidad a este pueblo?”

“Hay gente que todavía se asombra de los avances tecnológicos de nuestra época. Y unidos al poder del dinero, no hay información que no se pueda saber.”

“El telégrafo.”

“El telégrafo, y los contactos adecuados”, confirmó Dereck Houston.

“Claro.”

Derek Houston continuó:

“Estamos en el fin de una época y en el principio de una nueva magnífica e innovadora. Los ferrocarriles están transportando la ley y la civilización a todos los rincones de América. Las corporaciones están cambiando el panorama económico a pasos agigantados; al igual que las ciudades del este, y del oeste, están convirtiéndose en centros de poder. Incluso un día de éstos, los EE.UU. amanecerán con un banco central al estilo de los europeos.”

“Alto ahí. Eso sería el fin del hombre libre en este país.”

“Veo que entiende de estos temas.”, Derek Houston le hizo un guiño, “Lo siento mucho, pero la era de las personas ingenuas, libres y honradas está llegando también a su fin. El mundo es de los ambiciosos y codiciosos…”

“Como usted.”

“Sí, como yo y… pero, vamos, deja de llamarme de usted, tampoco soy mucho mayor que tú.”

“Como quieras.”

“Prosigo pues, el mundo es de los firmes y ambiciosos. Los buenos, digámoslo claro, son los perdedores en este nuevo mundo. Las legislaciones estatales, y la nacional, están cambiando a ritmos agigantados a causa de las ambiciones corporativas. Y para alcazar los objetivos del progreso en esta nueva sociedad a veces no hay que andarse con chiquitas. Si hay que eliminar ciertos obstáculos, se eliminan por el bien del avance de la sociedad. Y ahí es donde está mi interés en ti.”

“¿Quiere decir?”, le respondió John Smith con cierto desdén.

“Exacto. Conozco tu historial en Kentucky. No sólo eres rápido con el revolver sinó que además tienes cabeza. Necesito alguien así para que comande a mis hombres, que entre tú y yo, no son demasiado despiertos en ciertas materias.”

“No lo sé. No acabé nunca con la vida de ningún hombre que no se lo mereciera.”

“No te estoy pidiendo que vayas a exterminar poblados indios. Eso ya tuvo su utilidad, pero ya no es necesario.”

“¿Y? Mi cabeza tiene precio en Kentucky. ¿Por qué no delatarme y quedarse con la recompensa?”

“Tu cabeza y tu cuerpo me valen más vivos, y de mi parte.”

John Smith, hizo un silencio. Se llevó la taza de café a sus labios y dió unos sorbos mientras observaba a Derek Houston. Arrancó un trozo de pan de su barra, lo mojó en la yema del huevo frito y se la introdujo en su boca. Mientras, Derek Houston sacó un puro del bolsillo interno de su chaqueta beige, lo encendió y le dió una larga chupada.

“Es un puero excelente. A 10 dólares la caja, traídos especialmente de La Habana. Dentro de poco Cuba será nuestra.”

John Smith masticó su comida despacio, con su mirada atenta a su interlocutor. Su pensamiento no estaba ni en el puro ni en Cuba. Su pensamiento estaba sopesando cómo sacar partido de la situación. Tenía claro que si no jugaba bien sus cartas, tendría muchos problemas. Y ahora no era el momento ni el lugar para tenerlos. Además, pensó, estando dentro de la organización que guarda todo el oro en el banco le sería más fácil obtener información.

“Espero que el desayuno te esté aprovechando.”, rompió el silencio Derek Houston.

“Creo que es una oferta muy tentadora. Pero yo tenía otros planes en este pueblo. Permíteme arreglar unos asuntos personales y esta tarde, a eso de las cinco, te doy mi respuesta.”

“Me gusta tu actitud reflexiva. Es un toque de aire fresco en este pueblo. Acepta mi propuesta y tu futuro te será muy alentador.”

“Me conformo con mi presente.”

“Ja, ja, ja. Me gusta tu sentido del humor.”

“Lo que digas.”

Derek Houston se levantó de su silla. hizo un ademán a Charly y Tom para que se prepararan para irse.

“Estoy seguro que haremos buenos negocios contigo en nuestras filas. En cuanto me digas que sí, ten por descontado que tu búsqueda y captura en Kentucky será papel mojado. Y las mujeres que elijas del pueblo serán tuyas.”

“Rosita está bien.”

“Veo que te ha calado.”

“Más que nada, muchas mujeres a la vez son un problema.”

“Ja, ja, ja”, Derek Houston soltó una sonora carcajada, y sin decir más, salió del Saloon.

John Smith se levantó también y se dirigió a la barra, desde la que Frank Joseph, el dueño del local, había sido testigo mudo del encuentro.

“¿Qué hora es?”, le preguntó John Smith.

Frank Joseph sacó un viejo reloj de su bolsillo derecho, abrió su tapadera decorada con la figura de un árbol, y le respondió:

“Casi las 10.”

“He quedado a esta hora. ¿Cuánto debo por el desayuno?”

“Va de cuenta del señor Houston.”

“Nada de eso.”

John Smith depositó un par de dólares en la barra y salió del local.

Duelo al sol en Pecos Hill (V)

V

Rosita era una moza de unos deiciséis años, un metro sesenta y apariencia tipo mexicana. Como cada vez que iba a visitar a un cliente nuevo, se paró delante de la puerta antes de golpearla con sus delicados nudillos. Había visto ya a varias de sus amigas no regresar de sus trabajos, y sabía que en cualquier momento le podía pasar lo mismo a ella.

TOC TOC TOC

“Entra”, se escuchó en tono abrupto desde el interior de la habitación.

Rosita dio un fuerte suspiro, se encomendó al dios que las monjas le enseñaron a los cinco años y abrió la puerta. Ante ella, en el centro de la habitación se encontró un gran barreño y al hombre que estaba dentro dándole la espalda.

“Venga, niña, no te quedes ahí, ponte delante de mí, que te vea.”

Rosita dió unos pasos y se colocó delante del hombre.

“Vista de cerca no estás mal. Quiero que sepas que no quiero quejas ni lloros. No quiero negaciones ni dudas. Mi intención es sólo de disfrutar de ti y no hacerte ningún daño. Si te portas bien, te mandaré llamar de nuevo. ¿Qué dices?”

El hombre que estaba bañándose delante de Rosita era moreno de cabello, de unos treinta años, alto porque sus pies sobresalían del barreño y con un acento foráneo. Su piel estaba tostada por el sol, pero no al estilo de los compatriotas de Rosita.

“Bien, señor.”

“Venga, sácate la ropa y frótame la espalda.”

Rosita se descordó el vestido azul de una pieza que llevaba puesto y éste cayó a sus pies. Debajo de él no llevaba nada, y su piel se mostró por entero ante los ojos del cliente, que la miraró como quien mira a la luna brillante en el cielo.

John Smith se movió en la cama y se percató de que Rosita todavía seguía junto a él. Aunque aquélla había sido su primera noche juntos, esperaba que ella comprendiera que sólo había sido una mera transacción: ella le dio carne, él le pagó. Punto. Entreabrió sus ojos y notó como el sol le daba directamente desde la ventana que había enfrente, y recordó que la había cerrado por la noche. Giró su cabeza, y aún deslumbrado, comprobó que en la silla, junto a su cama, había una figura quieta. Rápidamente se levantó y buscó su revolver.

“¿Buscas esto, John “Gatillo Rápido” Smith de Kentucky?”

John Smith, ya incorporado, reconoció al hombre del traje beige. Era Derek Houston, que había visto un momento en el banco.

“¿A qué tengo el honor de la visita del hombre más importante del pueblo?”

“Vaya, las noticias vuelan.”

“Sí.”

“Supongo que es normal. Cierto, soy el hombre más destacado de este pueblo de mala muerte. Y normalmente no me molesto en visitar a desconocidos, y menos en su lecho compartido con bellas damas. Pero contigo he decidido hacer una excepción.”

“Qué suerte que tengo.”

En ese momento, Rosita se despertó y exclamó:

“¡Señor Houston!”

“Tranquila, Rosita”, le respondió Derek Houston, “es un asunto de negocios, así que, si haces el favor…”

Derek Houston le indicó la puerta. Rosita sacó su cuerpo desnudo de las sábanas y se vistió con su vestido azul. Abrió la puerta, y en ella se encontró con Charly y Tom, que estaban actuando como protectores de Derek Houston. Pasó ante ellos, sin apenas mirarlos y se fue.

John Smith se dirigió al hombre de beige.

“Creo que esos dos no le protegerían mucho ante mí.”

“Cierto, la noticia de tus habilidades han llegado incluso hasta aquí.”

“¿Y? En Texas no se me busca.”

“No es por eso, al contrario. Tengo interés en tus habilidades.”

“¿Los negocios no van bien?”

“Al contrario, están en expansión.”

“Creo que es mejor que hablemos con la barriga llena.”

“Oh, descuidado de mí… Charly…”

“¿Sí, señor Houston?”

“Manda a Frank que disponga el desayuno para el señor Smith en su mejor mesa.”

“Ahora mismo, señor Houston.”

John Smith se colocó su chaleco, sus pantalones, su cartuchera, sus botas y se levantó de un salto. Derek Houston también se levantó de la silla y ambos salieron por la puerta.

“¿Qué tal Rosita esta noche?”, le preguntó.

“No ha estado mal.”

“¿Que no ha estado mal? Ja,ja,ja… creo que nos vamos a llevar bien.”

Duelo al sol en Pecos Hill (III)

III

Tras vender el caballo de Pancho Pérez por un puñado de dólares de plata, John Smith se dirigió a un establo de caballos para tener un lugar donde refugiar el suyo, que aunque nunca lo confesaría, le tenía cierto aprecio. Encontró uno cualquiera con un muchacho jovencísimo como cuidador. Justo lo que buscaba.

“Hey, chico, ¿a cuánto va el cuidado completo aquí?”

“A diez centavos el día, señor.”

John Smith le lanzó un dólar de plata, que el mozo alcanzó al vuelo.

“Pero quiero lo mejor que tengas para mi caballo, así que aquí tienes medio dólar más para que le des el toque preferencial, chaval.”

John Smith le volvió a lanzar otra moneda a la vez que le guiñó el ojo, y el mozo sonrió de oreja a oreja al alcanzarla con su mano.

“¡Sí, señor, por supuesto, señor, lo mejor para su caballo, señor!”

“Así me gusta. Por cierto…”

“¿Sí señor?”

“¿Donde puede un viajero depositar sus huesos en este polvoriento pueblo?”

“En el Saloon-Hotel de Frank Joseph, justo en el centro de Main Street.”

“Vale. Nos vemos.”

John Smith se dirigió al Saloon-Hotel que había en el centro de la calle principal, o como dicen por allí, Main Street. Lo de “hotel” más que nada significaba que alquilaban habitaciones. No iban a ganar ningún premio de limpieza, ni de estilo decorativo. Simplemente era un lugar donde guarecerse del sol y pasar la noche. Pero era exactamente lo que John Smith necesitaba tras su decisión de permanecer en Pecos Hill.

Al acercase a la entrada, John Smith pudo escuchar el murmullo de las conversaciones solapadas una encima de otra, y oler el tufo del tabaco barato y el alcohol todavía más barato. Al entrar, se dirigió directamente a la barra.

“¿Qué desea?”, le inquirió precisamente el proietario del local, Frank Joseph.

“Un vaso de whiskey y una habitación.”

El hombre de la barra, de estatura media, pelo corto oscuro con entradas, varios kilos de más y sudoroso por el ambiente, abrió una botella con un líquido amarillento, colocó un vaso delante de John Smith y depositó un chorro en su interior.

“¿Se va a quedar por un tiempo?”

John Smith cogió el vaso de cristal con la mano izquierda, y de un trago, sin pausa, se lo bebió.

“Sí, por un tiempo.”

“¿Placer o negocios?”

“Ambos.”

“Serán 5 dólares por semana, y por adelantado cada semana entrante.”

“Éste es un pueblo caro.”

“Somos el único hotel del pueblo.”

“¿Incluye la carne?”

“La carne va a parte. Allí está Rosita, ¿le va bien?”

John Smith echó una ojeada al lugar que el propietario le indicó.

“Parece jovencita.”

“Pero con mucha experiencia.”

“Servirá. Me daré primero un baño y que suba en una hora. ¿Cuánto le debo?”

“Incluído el servicio extra, siete con veinticinco.”

John Smith puso dicha cantidad en monedas de plata en la barra.

“Lo siento señor, pero aquí sólo cobramos en billetes.”

“¿Billetes?”

“Billetes del Banco de Pecos Hill. Puede cambiar su plata allí y pagar más tarde.”

“El chico de la caballeriza aceptó mi plata antes, y el de compra-venta de caballos me pagó también en plata.”

“A los forasteros de paso no les molestamos con nuestras reglas, pero si se va a quedar por un tiempo tendrá que aceptarlas.”

“¿No tiene miedo de que no le pague?”

“Nadie ha dejado de pagar nunca en Pecos Hill por la cuenta que les trae.”

Detrás de John Smith tres hombres se levantaron de sus respectivas sillas, tocando cada uno en sus revólveres. John Smith no necesitó girarse para notar su presencia.

“Muy bien. Saldré primero a cambiar mi plata.”

“Sabia decisión.”, le respondió el propietario.

John Smith atravesó la distancia que separaba la barra de la salida, directamente, con paso firme y atento de reojo a cualquier movimiento.

Entre los tres hombres que lo miraron fíjamente se encontraban los dos del linchamiento anterior.

“Charly, ¿no es ése el tipo que no te cayó bien antes?”

“Sí, Tom, ése es. Me suena en la nariz que no es trigo limpio.”

“Habrá que estar atentos, Charly.”

“Sí, Tom. Mejor vayamos a avisar al señor Houston.”

Los tres se acercaron a Frank Joseph, intercambiaron unas palabras, salieron seguidamente por una puerta trasera y abandonaron también el Saloon.

Mientras, John Smith entraba ya en el banco para realizar su transacción.