Duelo al sol en Pecos Hill (IV)

IV

El banco era un local realmente amplio. Guardado en su interior por dos vigilantes armados hasta los dientes y por un gran perro sujeto por uno de ellos con una corta correa. John Smith intentó avanzar unos pasos hacia su interior, pero el vigilante rubio le paró el camino.

“Señor, debe dejar su revolver a la señorita del guardarropía.”

“¿Por qué? ¿No es éste un país libre?”

“Señor, por favor, deposite su revólver en el guardarropía.”, le repitió el vigilante moreno acercándole al perro de una forma sutilmente amenazante.

John Smith sabía que podía liquidarlos sin problemas en un instante, pero de momento no estaba en sus planes todavía cometer una torpeza de ese calado. Así que salió un momento fuera del local, miró hacia la tienda de acuñación, al otro lado de la calle, para recordar lo que le había contado su dueño sobre el oro, y volvió hacia adentro.

“Señor…”

“Sí, sí, mi revolver en guardarropía. ¿Justo ahí?”

“Justo ahí.”, le confirmó el vigilante con perro.

John Smith sacó su Colt de la cartuchera y se lo ofreció a la señorita encargada de la guardarropía.”

“Los cartuchos también, señor.”, le dijo la señorita, sin quitarse su sonrisa de labios, pintados de carmín rojo, de su joven rostro.

John Smith sacó sus cartuchos despacio, uno a uno, sin prisa. En su mente se cruzaron mil formas de hacer explotar el lugar, pero accedería a las absurdas, para él, peticiones. De momento.

“¿Contentos todos? ¿Puedo ya acercarme al mostrador?”

“Sí, señor. Todo en regla”, le respondió el vigilante sin perro.

John Smith cruzó la sala y llegó enfrente del mostrador en el que, al otro lado, separado por unas rejas, se encontraba un hombre escribiendo números en una libreta. Este hombre pareció no percatarse de la presencia de John Smith, o sencillamente, hacía como que le ignoraba, dando a entender que su ocupación en aquel preciso instante era de una importancia capital.

John Smith se quedó quieto delante de aquel hombre, silencioso e inmutable.

Pasado un rato, de una de las puertas laterales, que conducían a despachos privados, apareció un hombre alto, relativamente joven, vestido de veige. Percatándose de la escena, se dirigió al escribiente:

“Señor Shutmouth, ¿no va a atender al señor?”

El señor Shutmouth levantó su mirada, hizo ademán de no haberse dado cuenta de la presencia de John Smith, y respondió:

“Sí, señor Houston. Inmediatamente.”

“¿Será este tipo el Derek Houston del que todos hablan?”, pensó John Smith para sus adentros.

“¿Qué desea?”

“¿Que qué desea?”

John Smith miraba a otro lado ignorando a Walter Shutmouth, al igual que éste había hecho un momento antes.

“Disculpe, pero en este establecimiento el tiempo es oro.”

“Pensaba que eran estampitas.”, respondió John Smith mirándole directamente a los ojos.

“¿Cómo dice?”

“Que me han dicho que en este pueblo funciona con estampitas.”

“¿Se refiere a los billetes?”

“Eso mismo.”

“Ni mucho menos, son de curso legal y equivalen al mismo oro.”

“Eso me han dicho…”

“Bueno, dejémonos de cháchara. ¿Qué desea?”

“Tengo entendido que aquí cambian plata por papel.”

“Eso es. ¿Cuánto desea cambiar?”

“30 dólares.”

John Smith sacó de un saquito 30 dólares de plata y los dispuso en el mostrador.

“Vamos a ver… al valor de hoy… serán 67 dólares con 35 centavos.”

“¿67 dólares con 35 centavos?”

“Sí, señor. Los billetes están afectados por una inflación creada por la fluctuación de los precios en el mercado interno de valores y comercio.”

“¿Y traducido al lenguaje del pueblo?”

“Que sus 30 dólares en plata equivalen ahora mismo a 67 dólares con 35 centavos.”

“¿Qué quiere decir con ahora mismo? ¿Es que puede variar aún más?”

“Eso es. El mercado es contínuo.”

“¿Y dónde está ese mercado? ¿Quién lo maneja?”

“El Banco de Pecos Hill, por supuesto.”, respondió el oficinista con una sonrisa.

“Es decir, que el propio banco marca el precio.”

“Eso mismo.”

“Y cuándo quiera volver a cambiar mis billetes por dólares de plata nuevamente, los 30 dólares de plata, ¿ya no serán 67 dólares con 35 centavos en billetes y monedas?”

“No, claro que no. Será el precio del momento de la transacción más nuestra comisión de cambio.”

“¿Y nadie les ha llamado estafadores?”

“No, claro que no. Todo es conforme a la ley de Texas.”

“¿Y si imprimo yo mismo estampitas como éstas y las cambio por oro y plata como hacen ustedes? ¿O las uso para pagar?”

“Ah, no. La ley sería implacable con usted pues estaría poniendo en circulación moneda falsa.”

“¿Pero si mis billetes fueran idénticos a los suyos y no hubiera ninguna diferencia?”

“Seguiría siendo un falsificador. Sólo son válidos los impresos por las entidades autorizadas por la ley de Texas, como los del Banco de Pecos Hill.”

“Muy interesante…”

“¿Es todo, señor?”

“Creo que sí… por el momento.”, John Smith recogió el fajo de billetes y las pocas monedas, y recorrió el camino hacia la salida. La señorita del guardarropía le devolvió su arma y sus cartuchos, y salió del banco de vuelta al hotel de Frank Joseph.